No sé cuándo llegamos a Temuco.
Fue impreciso nacer y fue tardío nacer de veras, lento,
y palpar, conocer, odiar, amar,
todo esto tiene flor y tiene espinas.
Del pecho polvoriento de mi patria me llevaron sin habla
hasta la lluvia de la Araucanía.
Las tablas de la casa olían a bosque,
a selva pura.
Desde entonces mi amor fue maderero
y lo que toco se convierte en bosque.
Se me confunden los ojos y las hojas,
ciertas mujeres con la primavera del avellano,
el hombre con el árbol,
amo el mundo del viento y del follaje,
no distingo entre labios y raíces.
Del hacha y de la lluvia fue creciendo la ciudad maderera
recién cortada como nueva estrella con gotas de resina,
y el serrucho y la sierra se amaban noche y día
cantando, trabajando,
y ese sonido agudo de cigarra
levantando un lamento en la obstinada soledad,
regresa al propio canto mío:
mi corazón sigue cortando el bosque,
cantando con las sierras en la lluvia,
moliendo frío y aserrín y aroma.
Pablo Neruda
1964
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